El ajuste fiscal de Colombia: cuando el Estado empieza a consumir la economía
Colombia enfrenta un problema fiscal
que ya no puede ser tratado como una dificultad coyuntural ni como el resultado
de las decisiones de un solo gobierno. Durante al menos los últimos tres
gobiernos —los de Juan Manuel Santos, Iván Duque y Gustavo Petro— el gasto
público y la deuda han seguido una trayectoria persistentemente ascendente.
Gobiernos con diferencias profundas en sus orientaciones políticas terminaron
compartiendo una misma tendencia: ampliar el tamaño y las obligaciones del
Estado sin realizar una corrección proporcional de su estructura de gasto. El
resultado es una economía en la que el sector público ha crecido más
rápidamente que la capacidad productiva que debe financiarlo.
Las cifras del presupuesto de 2027
muestran hasta dónde ha llegado esa dinámica. El proyecto asciende a 634,9
billones de pesos, cerca de 30% del PIB. De ese total, aproximadamente 392,6
billones corresponden a funcionamiento, 155,4 billones al servicio de la deuda
y apenas 87 billones a inversión. Es decir, alrededor de 86% del presupuesto
está comprometido entre mantener el funcionamiento del Estado y pagar
obligaciones financieras acumuladas, mientras la inversión representa apenas
cerca de 14%. El dato más importante no es simplemente que el presupuesto sea
grande, sino su composición: el Estado necesita cada vez más recursos para
financiarse a sí mismo y para atender compromisos adquiridos en el pasado,
mientras una proporción mucho menor queda disponible para ampliar la capacidad
productiva futura.
Esta es la primera gran transformación
que debe reconocerse. El problema colombiano no consiste únicamente en que el
gasto público haya aumentado, sino en que ese aumento se ha concentrado
progresivamente en obligaciones corrientes, transferencias y servicio de la
deuda, mientras la inversión pierde participación. Un Estado puede crecer sin
deteriorar necesariamente la economía si una parte sustancial de sus recursos
se dirige a inversiones que eleven la productividad, mejoren la
infraestructura, fortalezcan el capital humano o reduzcan los costos que
enfrenta el sector privado. Pero cuando el crecimiento del gasto se utiliza
principalmente para sostener obligaciones existentes, su capacidad para generar
crecimiento futuro disminuye.
La evolución de la formación de
capital confirma el problema. La formación bruta de capital fijo pasó de 23,4%
del PIB en 2015 a 17,3% en 2024 y a 16,7% durante los primeros nueve meses de
2025. La caída es demasiado profunda para considerarla una fluctuación menor.
Colombia está acumulando menos capital productivo que hace una década,
precisamente cuando necesitaría hacer lo contrario para elevar su productividad
y alcanzar tasas de crecimiento superiores. Una economía que invierte menos en
maquinaria, infraestructura, tecnología y capacidad empresarial puede mantener
durante algún tiempo un determinado nivel de consumo, pero está reduciendo la
capacidad con la que contará para producir en el futuro.
La misma tendencia se observa en la
relación entre ahorro e inversión. El debilitamiento del ahorro interno y la
menor formación de capital obligan a depender en mayor medida del ahorro
externo para financiar la inversión que la economía todavía realiza. Esto
limita la capacidad de Colombia para sostener un proceso vigoroso de
acumulación de capital con recursos propios. El problema no es solamente cuánto
invierte el país hoy, sino la insuficiente generación de recursos internos para
financiar una inversión mucho mayor mañana.
Es en este punto donde aparece el
fenómeno del desplazamiento del sector privado. El Estado obtiene recursos de
la economía principalmente mediante impuestos y endeudamiento. Los primeros
reducen los recursos que empresas y hogares pueden destinar a inversión,
contratación y ahorro; el segundo absorbe una parte creciente del ahorro
disponible y aumenta las necesidades futuras de financiación. Cuando el sector
público aumenta persistentemente su participación en la economía sin que
aumente proporcionalmente la capacidad productiva, comienza a competir con el
sector privado por los recursos que ambos necesitan para crecer.
Las mediciones del Banco Mundial
permiten observar esta expansión de manera particularmente clara en la
evolución del gasto público como proporción del PIB. La serie muestra un
aumento sustancial del peso del gasto estatal durante las últimas décadas y sitúa
a Colombia en niveles que ya no pueden considerarse propios de un Estado
limitado. Esta medición debe distinguirse de indicadores más estrechos, como el
consumo final del gobierno general, que capturan solamente una parte del gasto
público. La cuestión relevante es que, bajo la medida de gasto público
utilizada en la serie, la participación del Estado en la economía colombiana ha
aumentado de manera considerable y se encuentra muy por encima de los niveles
históricos del país.
La
comparación internacional confirma la dimensión alcanzada por esa expansión.
Según la OCDE, el gasto del gobierno general colombiano, incluidas todas sus
dimensiones, llegó a 49,7% del PIB en 2024, frente a un promedio de 42,6% para
los países de la organización en 2023. Colombia se encuentra así cerca de un
nivel en el que el sector público absorbe aproximadamente la mitad del producto
nacional bajo una definición amplia de gasto gubernamental. La magnitud del
dato resulta especialmente significativa para un país de ingresos medios que
todavía enfrenta enormes déficits de infraestructura, productividad, educación
y capacidad institucional. El problema no es que Colombia gaste poco en
términos absolutos, sino que gasta una cantidad cada vez mayor sin obtener de
ese esfuerzo fiscal un aumento equivalente de su capacidad productiva. Las
cifras del Banco Mundial confirman esta trayectoria y son inequívocas: mientras
la mayoría de los países del mundo mantiene su gasto sin considerar todas sus
dimensiones, por debajo del 30% del PIB, umbral tácito de sostenibilidad,
Colombia lo supera ampliamente. Colombia no está simplemente por encima del
promedio: está por encima del resto del mundo. Y un Estado de ese tamaño no es
sostenible en ningún contexto.
La paradoja colombiana aparece
entonces con toda claridad: el Estado necesita aumentar sus ingresos porque sus
obligaciones son cada vez mayores, pero la forma en que ha crecido está
reduciendo la capacidad de la economía privada para generar esos ingresos
adicionales. El Estado termina utilizando una proporción creciente de los
recursos nacionales para financiar su funcionamiento, sus transferencias y su
deuda, mientras el sector privado dispone de menos espacio para invertir y
acumular capital. El resultado es una especie de círculo vicioso: más gasto
genera más necesidades de financiación; más financiación requiere más impuestos
o más deuda; ambos mecanismos presionan sobre los recursos privados; la menor
inversión reduce la capacidad de crecimiento; y un crecimiento potencial más
bajo hace todavía más difícil sostener el tamaño alcanzado por el Estado.
Esta dinámica también ayuda a explicar
una característica preocupante del crecimiento reciente. Colombia puede
registrar tasas positivas de expansión del PIB mientras su capacidad productiva
se deteriora. En el segundo trimestre de 2026, por ejemplo, el PIB creció 3,5%,
mientras las actividades de administración pública, defensa, educación y salud
registraron un crecimiento cercano a 10%. Al mismo tiempo, sectores
fundamentales para la transformación productiva, como la agricultura,
registraron una contracción de 2,1%, y la industria manufacturera apenas creció
2%. El problema no es que el gasto público contribuya al crecimiento del PIB
—inevitablemente lo hace— sino que no puede convertirse indefinidamente en el
principal soporte de una economía que necesita aumentar su productividad y su
inversión privada.
El PIB mide producción corriente; no
mide por sí mismo la capacidad futura de producir. Un aumento del gasto público
puede elevar la actividad económica en el corto plazo, pero si ese gasto no
genera infraestructura, capital humano, tecnología o condiciones para una mayor
inversión privada, su contribución al crecimiento potencial será limitada. El
verdadero problema surge cuando una economía comienza a financiar una parte
creciente de su crecimiento mediante un Estado cada vez más grande, mientras
simultáneamente reduce la inversión que debería permitirle crecer sin depender
permanentemente de ese Estado.
Por eso la
solución no puede consistir simplemente en aumentar nuevamente los impuestos.
Colombia enfrenta ya una estructura tributaria particularmente adversa para la
inversión empresarial. La tasa estatutaria del impuesto corporativo es de 35%,
frente a aproximadamente 23% en promedio en la OCDE, y la tasa efectiva también
supera el promedio de la organización. Al mismo tiempo, la relación entre
recaudo tributario y PIB fue apenas 19,9% en 2024, frente a 34,1% en promedio
en la OCDE. Esto revela una contradicción profunda: Colombia mantiene una carga
particularmente elevada sobre determinadas actividades productivas, pero no
consigue generar con ella los ingresos suficientes para financiar un Estado que
ha crecido mucho más rápidamente. Un país de ingreso medio-bajo que
sostiene un nivel de gasto público cercano a la mitad del PIB solo puede
hacerlo sobrecargando de impuestos a su economía privada; no hay otra forma de
financiarlo.
Insistir en esa estrategia conduciría
a un resultado previsible. Cada nuevo aumento de impuestos destinado a
financiar un gasto estructuralmente elevado reduciría aún más los incentivos
para invertir, formalizar empresas y ampliar la producción. La solución fiscal
no puede ser extraer continuamente más recursos de una economía cuya capacidad
de generar esos recursos está siendo debilitada. Colombia necesita, en cambio,
reducir el gasto que no aumenta su capacidad productiva y utilizar mejor los
recursos que conserve.
Eso exige una transformación mucho más
profunda que un simple recorte presupuestal. Hay que reducir la burocracia
innecesaria, eliminar entidades y programas duplicados, revisar transferencias
y subsidios que no estén adecuadamente focalizados, mejorar radicalmente la
contratación pública y combatir la corrupción. Pero también hay que modificar
las prioridades del presupuesto: menos recursos destinados a sostener
estructuras permanentes y más recursos dirigidos a infraestructura, educación
de calidad, ciencia, tecnología, justicia, seguridad y aquellos bienes públicos
que permitan al sector privado invertir y producir más. El objetivo no debe ser
simplemente un Estado más pequeño, sino un Estado económicamente más útil.
En otras palabras, Colombia necesita
dejar de utilizar al Estado como sustituto de la economía privada y comenzar a
utilizarlo como plataforma para que esa economía pueda crecer. El Estado debe
habilitar la creación de riqueza, no convertirse en su principal consumidor.
Debe concentrarse en aquello que el mercado no puede proporcionar
eficientemente y retirarse de actividades en las que su presencia desplaza
recursos, inversión y emprendimiento privados. La diferencia es fundamental: un
Estado que construye infraestructura productiva puede aumentar la capacidad de
la economía; un Estado que aumenta permanentemente su gasto corriente aumenta
principalmente sus propias obligaciones.
El presupuesto de 2027 ha hecho
visible una realidad que durante años pudo ser aplazada mediante endeudamiento,
mayores ingresos tributarios y crecimiento moderado. La nueva propuesta elevó
el presupuesto en 59,3 billones de pesos frente al proyecto anterior y
reconoció obligaciones que no estaban plenamente incorporadas en la propuesta
inicial. El llamado “presupuesto de la verdad” no creó el problema; simplemente
hizo más difícil ocultarlo. La magnitud del ajuste necesario es ahora evidente
porque la expansión acumulada del Estado ha llegado a un punto en el que los
ingresos ordinarios ya no son suficientes para cubrir cómodamente sus
compromisos.
Colombia todavía puede corregir el
rumbo sin esperar una crisis. Esa es precisamente la oportunidad que debe
aprovechar. La experiencia de países que han llegado al límite de su capacidad
fiscal muestra que los ajustes realizados antes de una crisis son mucho menos
costosos que aquellos impuestos por los mercados cuando desaparece la
confianza. No es necesario esperar a que la deuda se vuelva impagable, que el
acceso al crédito se cierre o que una crisis cambiaria obligue a una reducción
desordenada del gasto. La consolidación fiscal puede hacerse gradualmente si
existe voluntad política para reconocer el problema y actuar sobre sus causas.
El verdadero punto de quiebre, por
tanto, no está en una cifra determinada de deuda o déficit. Está en la relación
entre el tamaño de las obligaciones del Estado y la capacidad productiva de la
economía que debe financiarlas. Colombia está acercándose peligrosamente a ese
límite porque el Estado ha crecido más rápido que la economía privada. Si esa
relación no cambia, el país terminará atrapado en una dinámica en la que
necesita un Estado cada vez más grande precisamente porque su economía es cada
vez menos capaz de sostenerlo.
Argentina ofrece una lección directa.
Javier Milei demostró, sin ambigüedad, que bajo decisiones férreas y sostenidas
es posible ejecutar ajustes fiscales de mayor magnitud en plazos muy cortos,
del orden de dos años. Eso desmonta el argumento de que reducir el tamaño del
Estado exige procesos graduales de décadas: la restricción real nunca fue
técnica, sino de voluntad política. Colombia todavía tiene una ventaja que
Argentina no tuvo: no ha llegado al punto de colapso.
La conclusión es directa. Colombia no puede seguir haciendo
crecer el Estado a costa de reducir la capacidad de crecimiento de la economía
que lo financia. La prioridad debe ser detener esa dinámica
ahora: reducir el gasto improductivo, contener el crecimiento de la deuda,
disminuir las cargas que penalizan la inversión y concentrar los recursos
públicos en aquello que eleva la productividad y permite al sector privado
generar más riqueza. El objetivo no es simplemente cerrar un déficit fiscal. Es
recuperar la capacidad de la economía colombiana para crecer por sus propios
medios.
Porque, en última instancia, el
problema fiscal de Colombia no es que el Estado haya gastado demasiado durante
un año. Es que durante
demasiado tiempo ha utilizado una proporción creciente de la riqueza presente
para financiar un Estado que, al mismo tiempo, está debilitando la capacidad de
generar la riqueza futura que necesitará para sostenerse. Si
esa tendencia continúa, el Estado no solo terminará consumiendo una parte cada
vez mayor de la economía: terminará consumiendo la economía que necesita para
sobrevivir.

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Agradezco el valiosos comentario, tomo atenta nota de tan importante punto de vista.