Una fórmula para la madurez democrática: lecciones de Alemania a Caracas. Por qué la supervivencia de las nuevas democracias depende menos de las elecciones que de la silenciosa arquitectura del poder
Cuando fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro
en enero y lo trasladaron a Nueva York para ser juzgado, la pregunta inmediata
fue táctica: ¿quién gobierna ahora en Caracas? Pero hay una pregunta más de
fondo, la que en realidad definirá si Venezuela logra construir una democracia
duradera o simplemente cambia un hombre fuerte por otro, y esa pregunta es
estructural. La historia ya ha dejado algunas respuestas, no tanto en la teoría
política como en la experiencia concreta de países que han recorrido antes este
mismo camino.
Empecemos por Alemania. Su descentralización de posguerra no
fue casualidad. Quienes redactaron la Ley Fundamental de 1949, bajo la mirada
de los Aliados, diseñaron un sistema federal pensado para que un segundo Hitler
resultara estructuralmente casi imposible: estados con poder real, una
presidencia reducida a lo ceremonial, un tribunal constitucional independiente
y un puñado de principios blindados para siempre frente a cualquier reforma.
Alemania ya contaba con identidades regionales antiguas sobre las cuales
construir, Baviera, Prusia, Sajonia, pero fue el trauma del totalitarismo lo
que convirtió esas identidades en un verdadero cortafuegos constitucional, y no
en una simple curiosidad histórica. Polonia cuenta una historia paralela,
nacida de un trauma distinto. Al salir de la planificación centralizada
soviética en 1989, combinó una liberalización económica veloz con una
descentralización política genuina, dieciséis gobiernos regionales con
presupuesto propio y un sólido autogobierno municipal, ambos pensados
deliberadamente para romper con un modelo donde todo dependía de un único
centro de poder. El resultado fue una economía que ni siquiera se contrajo
durante la crisis financiera de 2009, y una democracia que se ha sostenido pese
a sus roces semipresidenciales. La lección para Venezuela no es idealizar la
crisis, sino aprovechar esta ventana de transición, mientras sus instituciones
se reconstruyen de todos modos, con intención, en lugar de limitarse a
restaurar lo que existía antes del chavismo.
Dicho esto, es tentador presentar el federalismo como la
gran reforma, y no debería serlo. Chávez concentró el poder en Caracas en buena
parte despojando de autoridad a gobernadores y estados, y revertir ese proceso
demasiado rápido, sin cortes independientes, sin una autoridad electoral
creíble, sin un congreso con dientes de verdad, corre el riesgo de cambiar una
dictadura en la capital por una docena de pequeñas dictaduras repartidas por
las provincias. La independencia judicial y el equilibrio institucional tienen
que ir primero; el federalismo funciona como refuerzo, nunca como sustituto.
Polonia y Francia apuntan a otra manera de evitar que el poder se concentre,
separando la presidencia de la jefatura de gobierno, de modo que la
cohabitación se vuelve inevitable cuando ambos cargos quedan en manos de bandos
opuestos. El día a día se complica, es cierto, pero se vuelve mucho más difícil
que un solo actor consolide el control, porque nadie puede ocupar ambos cargos
a la vez. Perú, en cambio, funciona como contrapeso de advertencia: su Congreso
puede destituir a un presidente con un estándar de prueba sorprendentemente
bajo, lo que ha producido seis presidentes en ocho años, y sin embargo el país
no ha colapsado. Los ministerios siguen funcionando, los presupuestos siguen
moviéndose, el Estado nunca dependió de que un líder en particular sobreviviera
en el cargo. Es, sin buscarlo, una prueba de estrés del mismo principio de
fondo: el poder distribuido, aunque sea de forma caótica, tiende a resistir
mejor que el poder concentrado, por más suavidad con la que se administre esa
concentración.
Hay además una salvaguarda más discreta, visible en Perú y
en otros países: una burocracia profesional y meritocrática, donde banqueros
centrales, jueces, diplomáticos y altos técnicos llegan a sus cargos por
concurso y no por nombramiento político. Cuando la maquinaria técnica del
Estado no le pertenece a quien gane la presidencia, deja de poder repartirse
como favor político, y ningún líder con ambiciones desmedidas puede desmontarla
de un día para otro. Y luego está la lección más difícil de todas, la que no
tiene solución institucional. Un cuarto de siglo de chavismo significa que los
venezolanos que hoy tienen treinta y tantos años nunca han vivido, como
adultos, bajo instituciones que realmente funcionaran. Una constitución puede
reescribirse en meses; el hábito de confiar en los tribunales, de valorar los
contrapesos al poder, de esperar rendición de cuentas en lugar de favores,
tarda una generación entera en formarse. Ese trabajo no puede esperar a que
terminen las reformas institucionales, tiene que avanzar en paralelo desde el
primer día, a través de elecciones locales que funcionen de verdad, medios
independientes y educación cívica.
Puesta en conjunto, la fórmula es bastante simple de
enunciar, aunque difícil de ejecutar: aprender del trauma histórico, pero a
propósito; reconstruir instituciones independientes antes de repartir el poder
territorial; dividir o distribuir la autoridad ejecutiva para que ningún cargo
lo domine todo; blindar un servicio civil meritocrático frente a la captura
política; y entender el reaprendizaje cultural de la democracia como un
proyecto paralelo y generacional, no como el paso final de una lista. Nada de
esto garantiza que la transición venezolana vaya a tener éxito. Pero los países
que lo hicieron bien, aunque fuera de forma imperfecta, sugieren que la
supervivencia democrática depende menos del carisma o de las buenas intenciones
de quien llegue al poder, y mucho más de qué tan deliberadamente se construya,
a su alrededor, una arquitectura capaz de resistir que una sola persona
concentre demasiado poder.
Colombia nunca sufrió un colapso como el de Venezuela, pero
comparte la misma raíz colonial: un sistema hiperpresidencialista heredado del
virreinato español, que se repite en casi todas las repúblicas latinoamericanas
fundadas en esa misma ventana estrecha de tiempo, entre 1810 y 1820. La fórmula
anterior no es solo una receta para después de una crisis, funciona igual de
bien como prevención, y Colombia es un candidato razonable para intentarla sin
necesitar primero que una crisis la obligue. El trauma, para empezar, ya se
vivió; lo que falta es convertirlo en voluntad institucional. Las décadas de
violencia en Colombia, desde La Violencia hasta el conflicto armado con las
FARC, junto con sus propios roces con la deriva autoritaria, dejan una lección
tan dura como la que Alemania sacó de Hitler o Polonia del dominio soviético.
Lo que falta es un esfuerzo deliberado por traducir esa memoria en diseño
constitucional, en lugar de tratar los acuerdos de paz y la reforma
institucional como dos caminos separados.
La independencia institucional también necesita
profundizarse antes de tocar el reparto territorial del poder. Los tribunales y
la autoridad electoral colombianos son bastante más sólidos de lo que jamás
llegaron a ser los venezolanos, pero la presidencia todavía conserva una
influencia desproporcionada sobre los nombramientos, el presupuesto que llega a
las regiones y el aparato de medios estatales, así que fortalecer la
independencia del poder judicial, del consejo electoral y del banco central
frente al poder presidencial es el primer paso necesario, igual que lo sería en
Caracas. El federalismo debería venir después, no primero. Los treinta y dos
departamentos colombianos ya son más pequeños y más numerosos de lo que
exigiría una verdadera capa federal; una estructura más coherente los
consolidaría en un puñado de regiones fuertes, unas seis, más o menos, con
gobernadores con poder real, capacidad tributaria propia y autoridad sobre
seguridad, dejando los departamentos actuales como una capa administrativa
intermedia y los municipios como base. Aquí Colombia tiene algo que Venezuela
nunca tuvo, alcaldes y gobernadores electos que ya existen y funcionan, así que
el federalismo no se inventaría de la nada, sino que extendería una práctica
que ya está en marcha.
También hace falta blindar un servicio civil profesional
frente al clientelismo presidencial, los cargos técnicos clave, la dirección
del banco central, los nombramientos judiciales, los altos puestos
regulatorios, deberían avanzar aún más hacia una selección por concurso y
mérito, para reducir la cantidad de posiciones que un presidente puede repartir
entre sus allegados. Y lo más difícil de todo es la transformación cultural. La
cultura política colombiana sigue premiando la personalidad y el clientelismo
por encima de la confianza institucional, un patrón común en toda la región, y
construir hábitos cívicos duraderos, confiar en los tribunales, esperar
rendición de cuentas en lugar de favores, exige una inversión sostenida en
educación cívica y en una democracia local que funcione de verdad, avanzando en
paralelo con las reformas institucionales y no a la zaga de ellas. La verdadera
ventaja de Colombia frente a Venezuela es que no necesita una intervención
extranjera para arrancar este proceso. Solo necesita la voluntad política de
tratar la reforma estructural como algo urgente en tiempos normales, y no solo
cuando ya hay una crisis encima.

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Agradezco el valiosos comentario, tomo atenta nota de tan importante punto de vista.