La riqueza es una decisión




Durante décadas, en América Latina se ha repetido una explicación sencilla: los países ricos lo son porque saquearon a los demás, y los pobres seguimos pobres porque nos saquearon. Se escucha en las aulas, en los discursos políticos y en las conversaciones de todos los días. El problema es que esa explicación no resiste la comparación con lo que ha ocurrido en el mundo. Este artículo propone otra, más útil y mejor respaldada por la evidencia: la riqueza no es lo que un país tiene, sino lo que su sociedad es capaz de hacer, y desarrollar esa capacidad es, en buena medida, una decisión.

Para entenderlo, imaginemos dos sociedades con exactamente los mismos recursos: el mismo territorio, el mismo clima, los mismos minerales. En la primera, la gente recibe buena educación, confía en las reglas, sabe trabajar en equipo y puede convertir ideas en productos. En la segunda, nada de eso ocurre. Pasadas unas décadas, la primera será mucho más próspera que la segunda, y la diferencia no estará en lo que poseen, sino en lo que saben hacer juntos. Esta idea tiene un sólido respaldo académico. Amartya Sen, Premio Nobel de Economía en 1998, sostuvo que el desarrollo consiste en ampliar lo que las personas son capaces de hacer y de ser, y no solo en acumular bienes. Por su parte, Ricardo Hausmann y su equipo en Harvard crearon el Atlas de la Complejidad Económica, que mide qué tan variados y sofisticados son los productos que cada país sabe fabricar, y han encontrado que esa sofisticación ayuda a predecir el crecimiento futuro de una economía. Dicho de forma simple, un país es rico cuando sabe hacer cosas complejas.

Si esto es cierto, tener recursos naturales no puede garantizar nada, y los hechos lo confirman. Venezuela posee las mayores reservas de petróleo comprobadas del planeta, y sin embargo su economía se contrajo cerca de tres cuartas partes entre 2013 y 2021, mientras más de siete millones de venezolanos abandonaban el país. Nigeria, gran productor de petróleo, y la República Democrática del Congo, con enormes yacimientos de cobalto y cobre, figuran entre los países más pobres del mundo. Los economistas llaman a este fenómeno la maldición de los recursos: cuando un país vive de vender lo que extrae de la tierra, se debilitan los incentivos para educar, innovar y construir instituciones sólidas, y el dinero fácil reemplaza al esfuerzo de crear capacidades.

Lo contrario también ocurre. Singapur no tiene petróleo ni minerales, ni siquiera agua suficiente, y Corea del Sur cuenta con muy pocos recursos naturales, pero ambos figuran hoy entre los países más ricos del mundo. Botswana, por su parte, descubrió diamantes poco después de su independencia en 1966 y, a diferencia del Congo, los administró con instituciones transparentes, lo que le permitió crecer a un ritmo notable durante varias décadas. Los recursos eran valiosos en ambos casos; la diferencia estuvo en lo que cada sociedad decidió hacer con ellos.

Los países que lograron transformarse comparten una característica: en algún momento apostaron deliberadamente por construir capacidades. Singapur, cuando se independizó en 1965, era una isla pobre y sin recursos. Apostó por la educación, adoptó el inglés como lengua común para conectarse con el mundo, construyó uno de los puertos más eficientes del planeta, atrajo empresas extranjeras y combatió la corrupción con dureza. Hoy su ingreso por habitante supera los 80.000 dólares. Corea del Sur salió de la guerra de 1950-1953 devastada y con ingresos comparables a los de varias naciones africanas, pero invirtió masivamente en educación, impulsó las exportaciones y fue ganando sofisticación poco a poco, de los textiles a los barcos, de los barcos a los automóviles y de los automóviles a los semiconductores. Irlanda, que hasta los años ochenta fue uno de los países más pobres de Europa occidental, con emigración masiva y mucho desempleo, ofreció educación secundaria gratuita desde 1967, abrió su economía a la inversión extranjera y se integró a la Comunidad Europea en 1973, hasta ser conocida en los noventa como el Tigre Celta. Y más cerca de nosotros, Costa Rica abolió su ejército en 1948 y destinó parte de esos recursos a la educación y la salud; décadas después logró atraer una planta de Intel y hoy exporta dispositivos médicos y servicios de alta tecnología, algo impensable para una economía basada solo en café y banano.

Estos casos no siguieron un único modelo político. Singapur y Corea crecieron bajo gobiernos autoritarios durante buena parte de su despegue, mientras que Irlanda y Costa Rica lo hicieron en democracia. Lo que tuvieron en común fue otra cosa: una decisión sostenida durante décadas de construir capacidades, con errores y correcciones, pero sin esperar a que las condiciones fueran perfectas.

¿Significa esto que la historia no importa? De ninguna manera. El colonialismo dejó instituciones diseñadas para extraer riqueza, y Daron Acemoglu y James Robinson, en su libro Por qué fracasan los países, han mostrado cómo esas instituciones pueden perpetuar la desigualdad durante generaciones. Pero una cosa es que la historia influya y otra muy distinta que sea un destino. Los países latinoamericanos son independientes desde hace unos doscientos años, mientras que Singapur fue colonia británica hasta 1963 y Corea estuvo bajo dominio japonés hasta 1945, es decir, mucho más recientemente. Si el pasado colonial explicara por sí solo la pobreza actual, ambos seguirían siendo pobres, y si la riqueza dependiera de poseer recursos, Venezuela y el Congo serían potencias.

El costo de aferrarse a la explicación del saqueo es enorme, porque convence a sociedades enteras de que su situación fue decidida por otros y de que lo único posible es esperar reparaciones o un golpe de suerte. Cada generación hereda la resignación junto con la pobreza, y mientras se crea que el problema está afuera, nadie se pregunta qué se puede construir adentro.

Conviene, sin embargo, evitar un malentendido frecuente. Decir que el desarrollo es una decisión no equivale a decir que cada persona pobre es responsable de su pobreza. La decisión de la que hablamos es de la sociedad en su conjunto, no del individuo. Una persona, por más que se esfuerce, no puede cambiar por sí sola el sistema educativo, las instituciones ni las reglas económicas de su país; solo puede adaptarse al contexto que le tocó, y ese contexto pesa muchísimo. Investigaciones del economista Michael Clemens, entre otros, muestran que un trabajador de un país pobre que emigra a uno rico puede multiplicar varias veces su ingreso haciendo el mismo trabajo. La persona es la misma; lo que cambió fue el entorno en el que trabaja. Por eso, entre dos personas con el mismo talento y el mismo esfuerzo, la que vive en un entorno que facilita el progreso llegará mucho más lejos. La sociedad, en cambio, sí puede transformar ese entorno, construyendo escuelas que enseñen de verdad, instituciones confiables y reglas que premien la creación de valor en lugar de la captura de privilegios. La responsabilidad, entonces, no recae en quien no logra prosperar dentro de un sistema que no se lo permite, sino en la sociedad que aún no ha decidido cambiarlo.

Para que una decisión así se tome, el primer paso es tomar conciencia de que existe. Un líder puede impulsarla, pero no basta: hace falta que cambie la forma de pensar de la sociedad, que deje de verse como víctima de un destino y empiece a verse como constructora de su futuro. América Latina tiene talento, recursos, historia y ejemplos de sobra, propios y ajenos, de que el cambio es posible. Lo que ha faltado no es capacidad, sino la convicción de que depende de nosotros, y esperar a que la decisión la tome una generación futura es repetir el error, porque cada año de espera confirma la creencia de que nada se puede hacer. La pregunta ya no es si América Latina puede desarrollarse, porque el mundo ha demostrado que cualquier sociedad puede lograrlo. La pregunta es si vamos a tomar esa decisión ahora.

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