Ingeniar el mundo: el valor excepcional de la ingeniería
La llegada del hombre a la Luna es la mejor demostración de lo que puede lograr una sociedad cuando entiende el mundo y lo transforma. Cientos de miles de personas, con herramientas mucho más modestas que las actuales, llevaron a unos seres humanos hasta allá y los trajeron de vuelta sanos y salvos. Nada de eso fue casualidad. Hizo falta conocimiento profundo, la capacidad de convertirlo en soluciones concretas y un equipo enorme que trabajara como una sola unidad hacia un objetivo que nadie había imaginado. Esa combinación tiene nombre: ingeniar. Y en ella está el valor excepcional de la ingeniería, que no reside solo en las máquinas, los puentes o los cohetes, sino en la actitud que los hace posibles.
Ingeniar es entender el mundo, aplicar conocimiento complejo a problemas reales y construir lo que antes no existía. El ingeniero parte de la convicción de que la realidad se puede conocer, de que lo conocido se puede transformar en soluciones y de que esas soluciones mejoran la vida de las personas. La gerencia es la otra mitad de esta misma actitud, porque organiza personas y recursos para que el ingenio se materialice a gran escala. En esta cultura la crítica tiene un lugar indispensable, pues todo ingeniero debe detectar dónde algo falla. Pero es apenas un paso dentro de un proceso cuyo propósito es construir, mantener y mejorar. La pregunta que guía al ingeniero no es quién tiene la culpa, sino cómo se arregla.
De esa actitud nace el valor que la humanidad reconoce en la ingeniería. Las vacunas las desarrollaron biólogos y químicos, pero fueron ingenieros y gerentes quienes construyeron las cadenas de suministro que permitieron producirlas y aplicarlas a millones de personas. Lo mismo ocurre con el agua potable, las carreteras, la energía o las comunicaciones. Estas soluciones benefician a cada habitante del planeta, y por eso la humanidad está dispuesta a pagar por ellas. Quien construye soluciones crea valor, y así es como las sociedades se desarrollan.
Si ingeniar es una actitud, entonces es también un hecho cultural, y ahí se encuentra la explicación de por qué unas sociedades avanzan más que otras. Estados Unidos y sus aliados enfrentaron la invasión alemana y después la amenaza de una destrucción mundial durante la Guerra Fría, y comprendieron que debían estar a la altura. Concentraron conocimiento, herramientas y trabajo en equipo en proyectos gigantescos, y la Luna fue el resultado. En esos mismos años, América Latina vivía una fuerte confrontación interna, con violencia entre grupos y partidos, corrupción, comunidades sin agua potable y movimientos que animaban a protestar más que a construir. Mientras unos viajaban al espacio, los otros discutían cómo arreglar una calle de barrio.
Esa diferencia no es ajena a las instituciones, porque las instituciones son obra de las sociedades que las crean. Como muestran Acemoglu, Robinson y Johnson, nacen de un proceso histórico mediado por la cultura, y la cultura es el marco que orienta las decisiones de una sociedad. Por eso los resultados solo cambian cuando cambia la actitud con la que una sociedad enfrenta el mundo.
La medida más clara de esa actitud es el conocimiento complejo que un país es capaz de aplicar. Estados Unidos diseña y fabrica chips y sistemas de transporte autónomo, mientras que Colombia exporta flores, productos agrícolas y materias primas, bienes elementales que exigen poco conocimiento. Esa distancia en complejidad es una distancia en capacidad de ingeniar, y se traduce directamente en capacidad de crear valor y de resolver los grandes problemas de la humanidad.
Dentro de las sociedades latinoamericanas conviven además dos actitudes. Una se dedica a identificar problemas y a resolverlos, y la otra se limita a criticar y a exigir que alguien más lo haga. Esta segunda actitud está presente en buena parte de las ciencias sociales, entre antropólogos, sociólogos, filósofos y hasta economistas y psicólogos, y también en muchos líderes que promueven hoy la protesta permanente, el ataque entre unos y otros y el odio de clases. No todos piensan así, pero una crítica que no construye nada no crea valor. La experiencia en cargos directivos en varios países de la región lo confirma: cuando hay que sacar algo adelante, responden los ingenieros y los gerentes. Conviene recordar, además, que el Estado no es Dios ni algo superior a los ciudadanos, sino un conjunto de personas que recibe los recursos que esos mismos ciudadanos aportan para garantizar ciertos servicios. Cuando alguien protesta, vale la pena preguntar ante quién lo hace, porque el mundo que rodea a todos lo construyen y lo mantienen todos juntos. Si se protestara menos y se construyera más, el resultado sería mucho mayor.
Que otra cultura es posible lo demuestra Antioquia. Sus habitantes fueron pioneros que colonizaron, trabajaron y construyeron, y de esa historia nació una actitud que produce resultados muy distintos a los del resto de Colombia, que tiene mucho que aprender de ella. La cultura de construir no es un rasgo fijo, sino algo que se forma, y por eso también se enseña. En las aulas universitarias el reto de fondo es que los estudiantes perciben la brecha con los países desarrollados y terminan subestimando sus propias capacidades. El mensaje que hay que transmitirles es siempre el mismo: la diferencia real existe, pero los latinoamericanos son humanos igual que los estadounidenses, y si trabajan juntos, como equipo, pueden lograr los mismos objetivos o incluso mejores.
Todo vuelve, entonces, a la Luna. La humanidad llegó allí porque creyó en el conocimiento, en el trabajo en equipo y en la posibilidad de mejorar el mundo con inteligencia. Esa fe en entender y construir es lo que define a la ingeniería y a la gerencia, y es la cultura que deben adoptar las demás ramas del saber y las sociedades que quieren avanzar. Lo que hoy existe es obra de personas como Neil Armstrong y los equipos que lo respaldaron, convencidas de que el bienestar de la gente se mejora usando lo mejor del ser humano: su inteligencia, su conocimiento y su capacidad de trabajar juntos.

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Agradezco el valiosos comentario, tomo atenta nota de tan importante punto de vista.