La economía sí es una ciencia exacta
En
Colombia nos acostumbramos a confiar en el título. Alguien se gradúa en
economía y asumimos que entiende la economía. Pero cualquiera que haya
trabajado de cerca con economistas, en universidades, en bancos, en el
Gobierno, sabe que eso no siempre es cierto. Hay una diferencia enorme entre
memorizar conceptos y comprender un sistema, y esa diferencia, sospecho,
explica buena parte de las malas decisiones económicas que tomamos como país.
La
economía no es una lista de definiciones que se puedan aprender de memoria. Es
un sistema complejo: millones de personas, empresas y gobiernos tomando
decisiones todos los días, cuyas interacciones producen resultados que nadie
planeó del todo. Entender la inflación no es solo saber la definición de
«aumento sostenido de precios»; es entender cómo se mueve el dinero, cómo
responde el crédito, cómo reacciona la gente ante las expectativas, y cómo todo
eso se retroalimenta entre sí. Es un entramado de causas y efectos que se
enreda sobre sí mismo, y comprenderlo de verdad, no solo nombrarlo, es mucho
más difícil de lo que el plan de estudios promedio sugiere.
Aquí
aparece el primer problema: muchas facultades de economía en Colombia tratan
las matemáticas como un accesorio, no como el corazón de la disciplina. Hay
profesores, y toda una corriente de pensamiento, que sostienen que la economía
no es una ciencia exacta y que exigir rigor matemático es importar un estándar
ajeno, prestado de la física. Bajo esa lógica, entender el mundo económico
sería más una cuestión de intuición, retórica o postura ideológica que de
evidencia.
Creo
que esa idea está profundamente equivocada, y vale la pena explicar por qué.
El
primer argumento tiene que ver con algo más filosófico. Las matemáticas no son
un invento humano arbitrario que le imponemos a la realidad: son, en gran
medida, el lenguaje en el que esa realidad está escrita. Las leyes que
gobiernan cómo se mueven los cuerpos, cómo se propaga el calor o cómo crece una
población se expresan con precisión en ecuaciones, no en párrafos. No hay
ninguna razón para pensar que los sistemas sociales sean la excepción. Si las
matemáticas describen cómo se comporta el universo físico, también son la
herramienta natural para describir cómo se comporta un sistema hecho de
decisiones humanas interconectadas. Rechazar las matemáticas no es adoptar una
postura distinta sobre la economía: es renunciar a la herramienta que permite
verla con claridad.
El
segundo argumento es más reciente, y por eso muchas veces se pasa por alto.
Durante buena parte del siglo veinte tenía sentido dudar de que la economía
pudiera analizarse con el rigor de una ciencia exacta: los datos eran escasos y
la capacidad de procesarlos, limitada. Ese mundo ya no existe. Hoy casi
doscientos países generan, año tras año, datos sobre inflación, empleo,
comercio, inversión y decisiones de política pública, y contamos con una
capacidad de cómputo que permite cruzar esa información, encontrar patrones y
someter teorías a prueba de una forma que hace treinta años era simplemente
imposible. La excusa de que la economía es «demasiado desordenada» para
analizarse con rigor ya no se sostiene. Lo que falta no son los datos ni las
herramientas: es la disposición a usarlos.
El
tercer argumento es más incómodo, pero hay que decirlo. Buena parte de la
insistencia en que la economía «no necesita» matemáticas avanzadas viene de
quienes, siendo honestos, nunca se sintieron cómodos con ellas. Es más fácil
declarar que una herramienta es innecesaria que reconocer que no se domina. No
todo economista que cuestione el formalismo matemático lo hace por esa razón,
pero cuando ese argumento se repite tanto en los salones de clase, vale la pena
preguntarse cuánto responde a una postura intelectual genuina y cuánto a una
comodidad disfrazada de principio.
Conviene
aclarar algo más: decir que la economía necesita matemáticas no es decir que
deba convertirse en física. Esa comparación, tan común, es en realidad una
distracción. El argumento de fondo no viene de la física, sino de la teoría
general de sistemas: todo en el universo, lo físico, lo biológico, lo social,
es, en algún sentido, un sistema de partes que interactúan y producen un
resultado conjunto. La economía es un caso particular de esa lógica más amplia,
igual que lo son el clima, una colonia de hormigas o el cerebro humano. Lo que
parece caótico cuando se mira una parte aislada a menudo revela un patrón claro
cuando se observa el sistema completo. Esa es, quizás, la habilidad más escasa
y más valiosa que puede tener un economista: la capacidad de pensar en sistemas
completos, no en fragmentos sueltos.
Y
ahí está, a mi juicio, el verdadero problema de fondo. No es solo que falten
matemáticas: es que muchos estudiantes pasan por las aulas acumulando
información, fórmulas, definiciones, gráficas, sin llegar a construir una
comprensión real de cómo funciona el sistema como un todo. Se gradúan sabiendo
nombrar las piezas, pero no necesariamente explicar cómo esas piezas se mueven
juntas. Y cuando eso ocurre, queda un vacío que, con demasiada frecuencia, se
llena con ideología en lugar de evidencia.
Ese
vacío no es inofensivo. Cuando la formación económica no está anclada en datos
y en pensamiento sistémico, abre la puerta a que las decisiones de política se
tomen por convicción ideológica más que por evidencia. Y eso le da munición a
los políticos: les permite vender decisiones populistas, de bienestar inmediato
pero costo altísimo a largo plazo, respaldadas por economistas que, en lugar de
contrastar esas propuestas con la evidencia disponible, las validan porque
coinciden con su visión del mundo. El resultado lo vemos una y otra vez en la
región: decisiones que suenan bien en el corto plazo y que, años después, dejan
una factura mucho más alta de la prometida.
La
buena noticia es que la economía tiene, de hecho, una ventaja que pocas
ciencias sociales poseen. Cada país del mundo es, en cierto sentido, un
experimento en curso. Cada decisión de política, una reforma tributaria, un
cambio en la tasa de interés, una apertura comercial, genera datos que se
pueden comparar entre países y a lo largo de las décadas. Pocas disciplinas
tienen acceso a una base de evidencia tan amplia y tan viva. Si la economía
aprovechara esa ventaja con el mismo rigor que exige la física o la biología,
probablemente sería una de las ciencias con mayor capacidad de generar
conocimiento confiable sobre el comportamiento humano a gran escala.
Por
eso creo que se necesita una reorientación completa en la forma en que formamos
economistas en Colombia, y probablemente en buena parte de América Latina. No
se trata de añadir una clase más de cálculo al plan de estudios, sino de
cambiar el objetivo mismo de la formación: dejar de producir personas que
repiten teorías y narrativas, y empezar a formar personas capaces de analizar
sistemas complejos con rigor matemático y con los datos que hoy, por primera
vez en la historia, están disponibles en abundancia.
Un
buen economista, en el fondo, debería parecerse menos a alguien que defiende
una postura y más a alguien que resuelve un rompecabezas enorme: alguien que
entiende que el sistema económico es solo una expresión particular de algo más
general, la forma en que interactúan las partes de cualquier sistema complejo,
y que tiene las herramientas matemáticas y los datos para leer ese sistema con
claridad, en lugar de imponerle una narrativa prestada. Esa es, creo, la
verdadera responsabilidad del economista: no decir cómo debería comportarse el
mundo, sino entender, con la mayor precisión posible, cómo se comporta en
realidad.

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Agradezco el valiosos comentario, tomo atenta nota de tan importante punto de vista.