Ciencia, ideología y el mito de la exactitud



Casi todos hemos escuchado alguna vez que existen ciencias "exactas", como la física y la matemática, y ciencias "blandas", como la economía, la psicología o la sociología. De las primeras se dice que ofrecen verdades firmes, que se pueden comprobar. De las segundas, que son un terreno de opiniones, donde cada uno puede pensar lo que quiera. La idea está tan extendida que casi nadie la cuestiona. Sin embargo, es equivocada, y el error tiene consecuencias serias: nos hace creer que el conocimiento sobre la sociedad no merece confianza, y deja abierta la puerta para ignorar la evidencia cuando no nos conviene. Este artículo explica por qué esa división no se sostiene y cuál es la distinción que de verdad importa: la que separa a la ciencia de la ideología.

Empecemos por la física, el ejemplo clásico de ciencia exacta. Ni siquiera ella lo es del todo. En cualquier experimento hay factores que no logramos controlar, y toda medición, por cuidadosa que sea, tiene un pequeño margen de error. Además, la física moderna descubrió que, en el mundo de lo más diminuto, la incertidumbre forma parte de la naturaleza misma. Cuando decimos que un resultado es "exacto", en realidad queremos decir que es una aproximación tan buena que el error ya no importa. Y es tan buena porque el fenómeno estudiado es relativamente simple: podemos identificar casi todo lo que influye en él.

Un ejemplo cotidiano ayuda a verlo. Si soltamos una piedra desde lo alto de una torre, podemos calcular con mucha precisión cuánto tardará en caer, porque solo intervienen unos pocos factores, como la gravedad y el roce con el aire. Predecir si el mes que viene subirá el precio del pan es otra cosa. Ahí influyen millones de decisiones: lo que hagan los agricultores, los transportistas, los gobiernos y los compradores, el clima, incluso una guerra en otro continente. Cada uno de esos factores se llama una variable, y la diferencia entre las ciencias no está en el tema que estudian, sino en cuántas variables entran en juego y cuántas de ellas logramos conocer. Las ciencias sociales no son menos científicas por estudiar personas; son más difíciles porque una sociedad es un sistema enorme, donde todo influye sobre todo.

Hace más de doscientos años, el matemático Laplace imaginó que quien conociera todos los factores de un fenómeno podría predecirlo con total certeza. Si no lo logramos con la sociedad, no es porque siga reglas distintas, sino porque durante mucho tiempo no tuvimos ni los datos ni la capacidad de cálculo necesarios. Eso está cambiando. Hoy existen cantidades gigantescas de información y computadoras capaces de analizarla. El mundo de la publicidad y las ventas ya lo vivió: hace unas décadas, nadie sabía con certeza qué querría comprar una persona; hoy, gracias a los datos de lo que la gente busca y consume, las empresas anticipan nuestras preferencias con asombrosa precisión, aunque no sepan explicar del todo por qué elegimos lo que elegimos. Algo parecido empieza a ocurrir con la economía. Un buen ejemplo es el Premio Nobel de Economía de 2026, que recibieron Robert Hall y Michael Woodford por sus trabajos sobre cómo las decisiones de las personas y de las empresas explican los vaivenes de la economía en su conjunto, y cómo estabilizarla. Son trabajos que se apoyan en teoría, pero también en datos que se pueden comprobar.

Y, sin embargo, trabajos como estos suelen despacharse con una frase: "eso no es ciencia exacta". Dicha así, suena a una crítica profunda, pero muchas veces es solo una excusa. Cuando los datos contradicen lo que alguien ya creía, es más fácil declarar que toda una disciplina carece de valor que revisar con honestidad sus argumentos. Conviene separar dos cosas muy distintas. Una es decir "este estudio en particular es débil", una crítica legítima que se puede discutir con pruebas. Otra es decir "esta ciencia, en general, no sirve", algo que casi nunca puede sostenerse y que sirve, sobre todo, para cerrar la conversación.

¿Cómo reconocer, entonces, una teoría seria? El filósofo Karl Popper propuso un criterio muy claro: una teoría es científica cuando se arriesga, es decir, cuando afirma algo que los hechos podrían desmentir. Imaginemos a un economista que dice: "si el gobierno toma esta medida, los precios bajarán". Si después los precios suben, su teoría ha fallado, y eso, paradójicamente, es una buena señal: significa que se podía comprobar. Imaginemos ahora a otro que dice: "si los precios suben, era lo esperado; y si bajan, también". Esa teoría nunca puede fallar, y precisamente por eso no nos enseña nada: lo explica todo y no predice nada. Observemos que el criterio de Popper juzga a las teorías, no a las disciplinas enteras. Hay teorías serias y teorías vagas en la economía, en la psicología y en cualquier otro campo. Lo que separa a unas de otras no es el tema, sino si aceptan que los datos las pongan a prueba.

El historiador de la ciencia Thomas Kuhn aporta otra pista. Él observó que, cuando una ciencia está madura, casi todos sus investigadores comparten las mismas ideas básicas y los mismos métodos. A ese acuerdo de fondo lo llamó paradigma. Mientras dura, nadie discute los cimientos y todos se dedican a resolver problemas concretos; por eso la física ofrece una imagen de orden y de consenso. En cambio, en la economía o en la psicología conviven escuelas que compiten entre sí, y eso suele tomarse como señal de poco rigor. Pero Kuhn mostró que la física también pasó por esa etapa: antes de Newton, quienes estudiaban la luz estaban divididos en bandos que ni siquiera coincidían en lo esencial. El desacuerdo, entonces, no prueba que un tema sea menos científico; indica que ese campo todavía no ha encontrado una explicación que convenza a casi todos, algo que cuesta más cuando el sistema estudiado, como una sociedad, tiene tantos factores en juego.

Si ni el tema de estudio ni la existencia de escuelas rivales separan a una ciencia de otra, ¿dónde está la diferencia que importa? Está en la actitud que cada uno tiene frente a sus propias ideas. El científico honesto sabe hasta dónde llegan sus conocimientos, somete lo que piensa a la prueba de los datos y está dispuesto a cambiar de opinión cuando los hechos lo exigen; si la evidencia es débil, lo admite. El ideólogo hace lo contrario: parte de una conclusión a la que ya está aferrado y busca argumentos para defenderla, sin permitir que nada la contradiga. Para él, las ideas no son herramientas que puedan descartarse, sino parte de su identidad. Una ideología es, en el fondo, un sistema de creencias cerrado: existe para defenderse, no para ponerse a prueba. La ciencia, bien hecha, existe justamente para ser puesta a prueba, y para ser abandonada si resulta equivocada.

Esta frontera no coincide con la que separa a las disciplinas. Un físico puede aferrarse a su teoría favorita con la misma terquedad con que otros se aferran a un dogma. En la Unión Soviética, por ejemplo, el gobierno impuso durante años las ideas de un agrónomo, Lysenko, que contradecían la genética, y quienes las cuestionaban fueron perseguidos, con graves consecuencias para la agricultura del país. En la Alemania nazi, hubo quienes rechazaron la teoría de la relatividad de Einstein por motivos políticos y raciales, y no científicos. Además, el rigor no es igual en todas partes: depende de la cultura de cada institución, de cómo se financia la investigación, de si los trabajos son revisados por otros expertos independientes y de si existe libertad para criticar. Ninguna materia, por sí sola, nos protege de la ideología.

La historia muestra hasta dónde puede llegar el daño cuando la ideología se impone sobre la evidencia. La Inquisición obligó a Galileo a retractarse de lo que había observado con su telescopio y condenó a la hoguera a Giordano Bruno por sus ideas, porque ponían en peligro una forma de ver el mundo que debía defenderse, no examinarse. El nazismo se apoyó en supuestas teorías científicas sobre la raza que la genética desmiente por completo, y pidió a la gente que dejara de preguntarse si eran ciertas. En ambos casos, un sistema de creencias se cerró a toda corrección, y se enseñó a la población a valorar la lealtad por encima de la verdad. Los gobiernos autoritarios lo saben: un pueblo que acepta sin preguntar es más fácil de controlar que uno que exige pruebas.

Por eso las universidades cumplen un papel tan valioso. Su tarea no es solo enseñar a los jóvenes, sino también producir conocimiento, ponerlo a prueba y proteger el derecho a hacer preguntas incómodas. Son, o deberían ser, el lugar donde cualquier idea puede ser cuestionada. Una universidad dominada por una ideología, sea cual sea, conserva su nombre y sus edificios, pero pierde lo más importante: la libertad de dudar.

En última instancia, lo que debemos defender no es una lista de conclusiones, sino un método: la costumbre de preguntar "¿cuál es la evidencia?" y de aceptar que podemos estar equivocados. Ese método es el que nos permite corregir nuestros errores. Una sociedad que deja de preguntar "¿dónde está la prueba?" y empieza a preguntar solo "¿de qué lado estás?" ha perdido su mejor defensa contra el error. Cuidar la ciencia, entendida como una manera de pensar honesta, abierta y siempre dispuesta a revisarse, es una de las mejores formas que tenemos de no repetir los capítulos más oscuros de nuestra historia.

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