Los constructores y los reclamantes: cómo una minoría podría deshacer el mundo que construimos

 



Cada comodidad de la vida moderna, como el agua limpia al abrir el grifo, la electricidad, la medicina o el vehículo que te lleva al trabajo, fue construida. No nos fue regalada ni nadie nos la debe: la levantaron, a lo largo de generaciones, personas que dedicaron su esfuerzo, su ciencia y su cooperación a crear un mundo que antes no existía. Y lo que sostuvo esa construcción no fue la casualidad, sino un conjunto de valores: el respeto por el esfuerzo, el mérito, la evidencia científica, la propiedad privada, el Estado de derecho, la innovación y la cooperación voluntaria. Hoy ese orden de valores está siendo desplazado por otro, y en un momento histórico que acelera ese desplazamiento como nunca antes.

Los valores importan tanto porque son el criterio último de toda decisión. Cuando cambia el orden en que una sociedad valora las cosas, cambian las leyes que aprueba, lo que premia, lo que castiga y lo que decide sostener o abandonar. Una sociedad que pone la contribución en el centro toma decisiones que favorecen la construcción. Una que pone el reclamo en el centro toma decisiones que la erosionan, aunque nadie lo haya propuesto de manera explícita.

La prueba de que los valores de construcción funcionan está en el valor que generan. Los países que más producen, como Estados Unidos, que aporta cerca de una cuarta parte del PIB mundial, junto con Corea del Sur, Singapur y, cada vez más, China, comparten una cultura centrada en trabajar, innovar y mejorar lo que ya existe. Ese valor no es una cifra abstracta. Es lo que financia hospitales, laboratorios, infraestructura y tecnología, y buena parte de lo que producen se convierte en medicina, conocimiento y herramientas que usa el mundo entero, incluso los países que generan menos. Dicho de otro modo, el bienestar del que hoy gozamos es el resultado directo de que ese valor se siga creando. La esperanza de vida, la reducción de la pobreza, la ampliación de derechos y la solidez del Estado de derecho están en sus mejores niveles históricos, y no por casualidad: la construcción sostenida de valor los hizo posibles. Si esa creación disminuye, el bienestar disminuye con ella.

Ese valor, además, no se crea en solitario. Curar una sola enfermedad requiere investigadores, hospitales, ingenieros, instituciones y cadenas de suministro que abarcan el planeta, una escala de cooperación voluntaria y descentralizada sin precedentes. Por eso es falso que la sociedad moderna sea cada vez más individualista: miles de millones de personas, cada una con sus propias metas, han entendido que solo pueden alcanzarlas colaborando libremente con muchísimas otras. La cooperación voluntaria y la creación de valor son lo mismo visto desde dos ángulos, y por eso cualquier lógica que ignore esa red de aportes ignora la fuente misma del bienestar.

Frente a esto, ha ido ganando terreno una lógica distinta, la que trata los derechos como algo que el mundo debe, y no como algo que se construye participando en él. Nada de esto cuestiona el derecho de nadie a la dignidad, sin importar su condición o circunstancia; esos derechos son legítimos y no están en discusión. Lo que preocupa es reclamar los frutos del sistema sin contribuir a sostenerlo, como el hijo que le exige a sus padres todo aquello a lo que cree tener derecho sin preguntarse qué ha aportado al hogar que lo cobija. Y si el bienestar depende de que se siga creando valor mediante la cooperación, una cultura que reclama sin aportar socava justamente aquello de lo que depende.

Estas ideas no son nuevas. Lo nuevo es la velocidad con la que hoy se propagan. Las redes sociales no amplifican un mensaje porque esté bien razonado o respaldado por evidencia, sino porque despierta emociones fuertes, y además se puede pagar para impulsarlo. Una mentira llega hoy a millones de personas en cuestión de horas, algo que en cualquier siglo anterior habría tomado años. Esa es la primera razón por la que la inversión de valores avanza más rápido que nunca: la evidencia y la experiencia vivida, que antes lograban corregir el rumbo, ya no alcanzan a llegar a tiempo.

La segunda razón es la disponibilidad, y se conecta directamente con todo lo anterior. Quienes dedican su vida a construir, investigar, producir y mantener los sistemas de los que dependemos apenas tienen margen para la política y las redes sociales. Quienes concentran su energía en reclamar suelen disponer de mucho más. El resultado es un desequilibrio extraño: el espacio público lo ocupan, de manera desproporcionada, quienes menos sostienen el sistema, mientras que quienes lo sostienen están demasiado ocupados para darse cuenta de que los valores que lo hacen funcionar se están reescribiendo. Los jóvenes, que todavía no han participado en la construcción, son los más expuestos, porque reciben el mensaje de quienes tienen más holgura para difundirlo y no el de quienes están trabajando.

La historia ya mostró adónde puede llevar este mecanismo. En la Alemania de la década de 1930, una minoría decidida, la que dio origen al movimiento nazi, aprovechó las herramientas de propaganda de su época y la figura de un líder para invertir los valores de millones de personas, primero en Alemania y luego en otros países. No fue una mayoría la que impulsó el cambio, sino un grupo pequeño y organizado que se apoderó de los canales de persuasión disponibles, y el resultado fue la Segunda Guerra Mundial y la muerte de millones de seres humanos. Hoy ocurre algo parecido en su estructura: una minoría con holgura, alcance y acceso a la política y a las redes remodela los valores de una sociedad, solo que con herramientas mucho más rápidas y baratas.

Por eso el debate sobre el mérito es el punto donde todo converge. Es legítimo preguntarse si el mérito se mide con honestidad o si los sistemas reparten las oportunidades de manera justa; esa crítica es válida y necesaria. Pero descartar el concepto mismo de mérito rompe el vínculo entre el esfuerzo y el resultado, y con él desaparece la razón para contribuir. Si contribuir deja de importar, nadie construye, y si nadie construye, no queda nada que repartir.

Llegamos así a la pregunta de fondo: ¿qué sucede en un mundo donde todos reclaman y nadie construye? Una sociedad no puede sostenerse solo con reclamos, porque el reclamo no tiene de dónde sacar nada que no haya construido alguien más. El tiempo libre y la comodidad que permiten a una minoría practicar la política del agravio son producto del mismo sistema que socava. Es como cortar la raíz del árbol cuyos frutos todavía se están comiendo.

Hay, además, una cuestión ética. Nadie llega al mundo con derecho a que el resto de la humanidad le deba algo solo por existir. Nacemos dentro de un enorme proyecto intergeneracional, un esfuerzo de equipo de miles de millones de personas, y cada persona que se suma hereda no solo sus beneficios, sino también la responsabilidad de ayudar a sostenerlo. Los derechos no existen por simple declaración: se construyen, generación tras generación, gracias a quienes están dispuestos a hacer el trabajo duro y poco vistoso de construir.

La historia no deja lugar a dudas en este punto. El mérito, la evidencia, la propiedad, el Estado de derecho, la innovación y la cooperación voluntaria son las condiciones que han demostrado llevar el bienestar humano a su punto más alto. Si el discurso político sigue alejándose de ese fundamento, empujado por una minoría con más holgura y más acceso a los medios que amplifican la emoción, el peligro no es hipotético: es la erosión lenta del motor que construyó todo lo que hoy damos por sentado. La tarea no es silenciar el desacuerdo, sino insistir en que toda exigencia dirigida al futuro vaya acompañada de una contribución genuina a construirlo.

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