Sin superar la pobreza no hay sostenibilidad



Todo lo que consideramos valioso para una vida plena depende de una sola cosa: el valor que produce la sociedad. El alimento en la mesa, el techo sobre nuestras cabezas, la salud, la educación, el tiempo para divertirnos y descansar existen porque millones de personas y empresas generan valor todos los días. Esa capacidad de producir es lo que le permite a una sociedad mejorar la forma en que vive. Y por eso debería importarnos tanto la pobreza: los pobres carecen de esas posibilidades y persiguen su subsistencia dentro de un marco de opciones muy precarias y limitadas.

Esto obliga a replantear un debate que hoy se plantea casi siempre al revés. El problema del mundo no es que algunos tengan mucho bienestar y sus necesidades cubiertas. El problema es que otros no pueden cubrir ni las más elementales. El problema es la pobreza, no la riqueza. Y aunque se suelen confundir, pobreza y desigualdad son cosas distintas: se puede reducir la desigualdad sin sacar a nadie de la pobreza, simplemente bajando el ingreso de los más ricos, y se puede reducir la pobreza sin tocar la desigualdad, si el ingreso de todos crece, aunque crezca más rápido para unos que para otros.

Esta distinción es clave para hablar de sostenibilidad. El deterioro del medio ambiente tiene múltiples fuentes, no solo la producción de valor. Una parte muy importante proviene del crecimiento acelerado de la población y de las actividades que desarrollan las personas pobres para garantizar su subsistencia. En buena parte del África subsahariana, la demanda de leña y carbón vegetal, la expansión de cultivos de supervivencia y el sobrepastoreo avanzan sobre bosques y suelos. En la India, cientos de millones de hogares todavía cocinan con leña o estiércol, lo que presiona los bosques. A esto se suman las malas prácticas de producción, que en los países pobres generan externalidades enormes: ríos muertos, selvas destruidas y biodiversidad perdida. Nadie hace esto por gusto: ni quien tala un árbol para cocinar ni quien contamina un río para sobrevivir tiene otra alternativa a su alcance.

Conviene ser precisos: el deterioro del medio ambiente no viene únicamente de la pobreza. Las economías y los hogares de mayores ingresos generan la mayor parte de las emisiones de dióxido de carbono, y ese es un impacto real y serio. Pero no es el único tipo de impacto sobre la naturaleza, y tiene una diferencia fundamental con el otro: las emisiones de los más ricos se pueden reducir con tecnología y cambios de modelo de negocio, algo que su propio ingreso les permite financiar. Los daños que provienen de la pobreza, como los ríos muertos, las selvas destruidas y la biodiversidad perdida que dejan las malas prácticas de producción, no tienen solución sin superar primero la pobreza misma.

Existe una idea económica que ayuda a entender este fenómeno: la curva ambiental de Kuznets. Dice que cuando un país empieza a crecer, el deterioro ambiental tiende a subir, porque la prioridad es sobrevivir y producir. Pero una vez que el ingreso promedio supera cierto umbral ocurre lo contrario: la degradación baja, porque ya hay recursos para invertir en tecnologías limpias y porque la gente empieza a exigir mejores condiciones ambientales. No es una receta ni una promesa automática, sino una observación de lo que efectivamente ha pasado en el mundo. Es economía positiva, no normativa: describe lo que ocurre, no lo que debería ocurrir.

Los mismos mecanismos se ven a pequeña escala. Una empresa que sobrevive con márgenes mínimos no puede invertir en un modelo de negocio más sostenible, porque no le sobra nada para hacerlo. Un hogar que cocina con leña no puede cambiar de tecnología sin más ingreso. Mientras no tengan margen, seguirán generando el mismo impacto, no por falta de voluntad, sino por falta de alternativas reales.

Un ejemplo claro es la minería ilegal de oro en la selva colombiana, que destruye un ecosistema clave para el equilibrio del planeta. ¿Por qué ocurre? Porque muchas personas no tienen otra forma de generar ingresos. No tienen acceso a educación, a formación técnica ni a empleos mejor remunerados. Si lo tuvieran, probablemente jamás se plantearían extraer oro arriesgando su vida y destruyendo la selva. Tratar el problema solo como un asunto de seguridad o de justicia, enviando fuerza pública, no resuelve la causa de fondo y, en el mejor de los casos, desplaza la actividad a otro lugar. Una alternativa más realista sería formalizar y mejorar la tecnología con la que se extrae el oro, reduciendo el daño ambiental mientras esa región construye, con el tiempo, la capacidad de migrar hacia otros sectores más sostenibles.

China muestra cómo funciona esta lógica a gran escala. Elevó de manera masiva el ingreso de su población, no por redistribuir lo que ya tenía, sino por generar crecimiento amplio y real. Y, consistente con la curva de Kuznets, en sus planes recientes la sostenibilidad pasó a ser un eje central de la política pública. Primero se resuelve la pobreza de manera amplia; después llega la capacidad de proteger el medio ambiente.

Colombia, en cambio, ofrece una advertencia sobre lo que puede salir mal cuando se confunde pobreza con desigualdad. Las políticas del gobierno de Gustavo Petro apostaron, por un lado, a redistribuir la riqueza en un país donde incluso los más ricos tienen un ingreso relativamente bajo frente al resto del mundo, y por otro, a frenar la exploración petrolera, una actividad que pesa mucho en las exportaciones y en los ingresos del Estado. Si se le quita ingreso a quienes tienen más capacidad de invertir en tecnologías limpias, no se transfiere esa capacidad a los más pobres: simplemente se destruye valor. Y cualquier reducción de la capacidad de agregar valor golpea de inmediato las posibilidades de proporcionarse bienestar. Con menos ingreso petrolero, el Estado tiene menos recursos para financiar justamente lo que más importa, que es reducir la pobreza. Así, en lugar de acelerar la transición hacia la sostenibilidad, la política puede terminar frenándola.

Aquí aparece una idea central: la pobreza no es solo falta de dinero, es falta de capacidades. Por eso la redistribución pura, sin crecimiento, rara vez resuelve el problema de fondo. Se le puede dar más dinero a una persona pobre, pero si no tiene acceso a educación, formación técnica o tecnología, seguirá atrapada en los mismos métodos de siempre, los más destructivos. El cambio real ocurre cuando las personas y las empresas adquieren la capacidad de transformar cómo producen y consumen, y eso casi siempre nace del crecimiento económico, no de la simple transferencia de recursos.

A esto se suma el factor poblacional, que refuerza todo lo anterior. A medida que sube el ingreso de las familias, el número de hijos tiende a bajar, porque mejoran la educación, la salud y las oportunidades, especialmente para las mujeres. El crecimiento del ingreso produce así un doble dividendo: financia tecnologías más limpias y reduce la presión demográfica sobre bosques, agua y suelos. Es una carrera entre dos velocidades. Si la población crece más rápido que la capacidad de cambiar de tecnología, los bosques pierden; si el ingreso gana la carrera, la presión sobre los recursos cede.

En el debate sobre el cambio climático suele aparecer una idea atractiva pero equivocada: que el problema de fondo es el crecimiento económico en sí mismo y que la solución sería frenarlo, bastando con redistribuir lo que ya existe. Esa idea ignora que producir valor es lo que permite vivir bien, y que el desarrollo no es, por definición, destrucción de los ecosistemas. La manera de generar valor puede diseñarse de muchas formas, algunas que agotan el capital natural y otras que lo protegen o incluso lo restauran. Eso depende del modelo de negocio y de la tecnología elegida, no del crecimiento en sí. Frenar el crecimiento no cambia esas decisiones; solo mantiene a todos atrapados en las mismas tecnologías contaminantes y condena a los más pobres a seguir sin alternativas.

Hoy existe una corriente global genuina hacia la sostenibilidad. Empresas de todos los sectores repiensan sus modelos de negocio, los países transforman sus matrices energéticas, y es probable que en los próximos diez o quince años veamos un cambio enorme en cómo el mundo produce y consume energía. Eso es motivo real de optimismo.

Pero esa transformación no llegará a todos si no se enfrenta directamente la pobreza. Quienes no logren superar la trampa de la subsistencia seguirán en prácticas destructivas, no por falta de conciencia ambiental, sino por falta de alternativas. La tarea pendiente no es discutir quién tiene más o quién tiene menos, sino garantizar que cada persona y cada país pueda generar el valor, el ingreso y las capacidades necesarias para vivir dignamente y sumarse a ese cambio. Solo así la sostenibilidad dejará de ser un privilegio de los países ricos y se convertirá en una realidad compartida.

 

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